Año 1.980, a 20 metros de la puerta 14 del Inmortal Estadio de la Romareda, esperando. Esperando al Padre Antonio (nombre ficticio) para que nos pasara a un grupo de imberbes zagales del colegio de curas al interior del estadio. Y siempre llegaba casi empezado el partido. Porque no llevábamos reloj, porque ningún crío lo llevaba, porque no había. Nos orientábamos por el rugir de la gente: “ya debe quedar poco”, “este cura siempre nos hace igual”, “calla, que ya hace bastante el hombre con preocuparse por coger los pases y entrarnos”.
¿Hacerte socio? Le digo a mi padre que me diera ese dineral de aquella época para hacerme socio y de la risa que le hubiera entrado se me hubieran quitado las ganas. Sabíamos lo que nos correspondía. No como ahora, pleiesteision, internet y todos estos inventos malignos que anulan el cerebro de aquellos que los utilizan.
Gradas de frío hormigón, porque antes hacía frío, no como ahora y antes no existían los forros polares y esas mariconadas, trenca y pantalón de pana roído y gorro de lana blanquiazul si tenías la suerte que tu abuela te lo hiciera. ¿Merchandaising? Si, pero polaba.
Y allí dentro, en esa marabunta de críos encerrados con una valla como los animales no existían ni colectivos, ni unicefs, ni organizaciones, éramos libres. Pequeños hombres libres. Y no existían canciones, ni tifos, ni toda esta parafernalia.
Pobre Manolo el del Bombo, cómo le tirábamos el papel hecho una pelota del heraldo, si, ese heraldo que era el doble del de ahora. Cómo nos daba la vara con el bombo ese que hacía una ruidera del copón. Y que mal se veía desde allí, que horror. Porque si te levantabas, llegaba alguno de Torrero o Las Fuentes con bigote ya, y te hacía sentarte o si no, ya sabes.
Un día no pude ir a la puerta 14 con el Padre Antonio, mis padres me obligaron a hacer una visita, porque antes hacíamos visitas a la gente y nos sentábamos en un sillón y no tocábamos nada .Y mucho menos comportarnos como auténticos cafres ante la pasividad de los padres, como ahora. Y nos ponían galletas delante y decíamos que no teníamos hambre aunque se oyeran nuestras tripas hasta con eco. Pero volvimos muy pronto y me cogí el 40 y llegué al estadio 10 minutos tarde, y no había entradas de infantil. Jugaba el Atlético de Madrid, ese Atlético de antes, no la banda de ahora que por tener tiene hasta alicates llorados del tipo de Galletti y estaba el campo a reventar. Y me volví a casa andando por ahorrarme el autobús. Antes no había MP3, radios digitales integradas en el móvil, solo el transistor filips de casa. Y no pude enterarme del resultado hasta llegar a casa. No recuerdo el resultado, fue hace tantos años…
¿Qué sucede ahora? No quiero ni analizarlo. Que pena.
ODIO EL FÚTBOL MODERNO.
Un saludo.